jueves, 10 de octubre de 2013

Se dice que entre el amor y el odio solo hay un paso, y es verdad, y quizás es un paso sin retorno. En aquella mañana  invernal de marzo, como de costumbre un hombre regresa a su hogar, cansado, fatigado, hambriento, después de una jornada extenuante de trabajo. La distancia que habría que cubrir diariamente en motocicleta,  era de aproximadamente 120 km entre ida y regreso. Sorteando toda clase de dificultades, el trafico vehícular, los excesos de velocidad, el tiempo, y los bruscos y repentinos cambios de clima.  Una carretera con un trayecto demasiado peligroso, bordeaba la distancia entre la  vida y la muerte, bastaba un solo descuido,  para morir. Curvas serpenteantes, niebla, lloviznas, eran las señales que aparecían en todo el recorrido. Llegar al hogar sano y salvo, era una victoria, un triunfo, un acto de heroísmo  Sentir el afecto de esposa, hijos y mascota, eran su mejor recompensa. Pero en aquel funesto día  la recompensa a su heroísmo, fue el abandono. La soledad se había impregnado de solitarios interrogantes,  solo en las blanquecinas paredes de la casa, se reflejaban como etéreos fantasmas lo que había sido un hogar. Pero dentro de aquella soledad, estaba inmersa en la soledad misma, la lealtad, del que no quisieron llevar, porque era una carga, el amigo CIBER, el perro, el peludo perro, la mascota, salio a recibirlo como de costumbre. En sus expresiones de afecto, no había odios, ni rencores, sus ladridos, su cola batiéndose de un lado a otro, solo era una  muestra de su lealtad. Aquel hombre ya no estaba solo, su soledad solo era un estado mental circunstancial, a su lado estaba ese fiel amigo que lo acompañaría en su dura travesía por cinco años, después moriría, con una muerte dulce, como fue su vida perruna. 

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